1 de enero

Aprendiendo una nueva lengua es un balancín. A veces me siento muy confiado: un mago con poderes en crecimiento, consciente de nuevo del mágico de comunicación, las cosas que ahora puedo entender, y la manera que español ha cambiado mi voz. Puedo sentir cuánto sé, y ver la distancia he viajado. Y a veces yo estropeo incluso interacciones básicas en tiendas y restaurantes, y todo lo que veo es cuánto yo no sé. Es un proceso electrizante y aleccionador – y muy personal, porque para mí este idioma no es solo una aptitud que estoy adquiriendo para oportunidades de trabajo, sino mi idioma privado, mi modo de expresión, yo mismo. Es especialmente frustrante cuando alguien rechaza interactuar conmigo en español, tratando a mí como un turista, me dejando afuera del idioma y su mundo cotidiano. Este año espero que me sienta más confiado y menos inseguro, y que cada día yo comunique un poco mejor.

3 de enero

Quedamos por unos días en una finca de café en los valles debajo de Manizales. En Bogotá habíamos visto solo palomas, eso pájaro gris de los ciudades, y de repente había colibríes bebiendo de las flores, azulejos – el común azul cielo y el palmero amarillo huevo – que comían las bananas que el personal dejaba para ellos en los comederos, y un tipo de ibis, con patas como madera y plumas con un lustre esmeralda, que deambulan las calles angostas en grupos pequeños. Desde nuestras hamacas mirábamos las iguanas naranjas y verdes abandonaban su árbol grande a mediodía, su líder asintiendo en el tronco, como si diciendo que estaba todo despejado. Por la noche las ranas cantaban en la piscina, sus patas pateando suavemente en el agua mientras ellos esperaban su cena. La vegetación era increíble también: los cafetos y bananos en hileras pulcras, como plantillas en la tierra desbrozada; los bosques denso de guadua; el árbol de aguacate dejando caer su fruta en la calle; los restos de la selva original. Por los atardeceres, todos los huéspedes se congregaban en la veranda para ver el sol desaparecía detrás del cerro al oeste y escuchar los lamentos de los perros y pavos reales para el día perdido.

4 de enero

En Manizales, el volcán es una presencia visible y cotidiano; ayer escupió una enorme nube de humo en el cielo, como un hongo, y nadie le prestó atención. Pero Nevado el Ruiz está activo, y no lo se puede acercar.  El viernes fuimos lo más cerca sea posible, en el Parque Nacional Natural Los Nevados. Las alturas aquí son más elevadas que Australia; Manizales es casi 2200 metros de altura, casi tan alto como nuestra montaña más alta, y fue solo el comienzo de nuestro viaje. Hasta 3000 metros había selva y tierra desbrozada para pastura, las cuestas empinadas rotas en terrones, como hileras de dientes verdes. Más arriba el paisaje se volvía páramo, con arbustos en vez de árboles – plantas como el frailejón, con un tronco flaco como un cardón y una corona de hojas verdes y afiladas, y muchos musgos, que conservan el agua de las montañas y lo sueltan despacio en los ríos abajo. Mientras subimos, era como la vida fuera quitado; incluso las plantas más resistentes desaparecían, y la vista se volvía un paisaje lunar (una de nuestras paradas se llamaba Valle de la Luna) de ceniza y piedra pómez. Las nubes rozaban la tierra como vapor, el cielo un deslumbrante azul contra tanto gris. La variedad en solo unas horas de conduciendo era increíble. Nuestra final parada era 4500 metros de altura; otros viajeros habían apilado piedras en apachetas, agradeciendo a Pachamama, como las al otro extremo de los Andes, cerca de Salta. A la vuelta paramos en los Termales del Ruiz, un hotel con una piscina caliente, como un onsen japonés. Todo el mundo se sentaba en el agua tibia y sulfúrica, otro producto del volcán, por el momento domesticado.

5 de enero

Estamos en Manizales por la Feria, y cada día hay otro desfile. El sábado miles de personas entraron la ciudad a caballo por la calle estrecha afuera nuestro hostal, todos llevando los sombreros y ponchos blancos que son distintivos de la Feria, el campo llegando en la ciudad. Hoy ha sido el turno de las candidatas al título de Reina del Café – el concurso de belleza aquí – las aspirantes reinas en carrozas grandes, sonriendo a la muchedumbre entre bandas de marcha, danzadores y otras carrozas celebrando café y bananas y Cristo. Pero mi parte favorita de las festividades ocurre en un barrio alto se llama Chipre, con una gran vista del paisaje alrededor de la ciudad; los cerros y valles verdes, los edificios apilados como basura debajo de una capa de esmog. Como Merimbula y tantos lugares australianos, Manizales es hermoso a pesar de la intervención humana aquí. Pero al atardecer el cerro – una sola calle por la cresta, con sus vistas fabulosas – atrae a una muchedumbre de veraneantes y otra muchedumbre de vendedores ambulantes, vendiendo cerveza, mazorcas, globos, arepas, sombreros, café, chorizos y obleas dulces. Las decoraciones navideñas aún están allí – bastones de caramelos, regalos adornados con listones y un enorme hombre de nieve, todos hechos de luces – ya no para celebrar Navidad sino para su brillo y sus colores alegres, y la atmosfera entre tanta gente feliz y la música fuerte es preciosa.

10 de enero

Fernando Botero tiene más sentido en Medellín. Cuando visité el Museo Botero en Bogotá, él parecía como Norman Lindsay en sus obsesiones con madurez y pudrimiento – un artista cursilada y un poco sexista, cuya repugnancia no deja que sus obras ser simplemente divertidas. Pero aquí Botero, un paisa, es un hijo nativo, y sus intervenciones en la vida de Medellín – sus esculturas en todas las partes – han cambiado la ciudad. En 1995, un terrorista ocultó una bomba adentro su escultura El pájaro durante un concierto en Plaza San Antonio y mató a 29 personas. Botero exigió que el pájaro destruido quedara en sitio, uno de los pocos rastros visibles de esa época violenta, y dio otro pájaro para pararse a su lado. En el Museo de Antioquia, me di cuenta cuántas veces el blanco de su ridículo es un persona poderosa: un general, sus piernas pequeñas casi cruzadas con incertidumbre, su esposa con un zorro alrededor su cuello, sus ojos bien abiertos hasta en la muerte; una familia rica con sus criados, rodeada por moscas; Pablo Escobar, su camisa media desabrochada, cayendo a su muerte en los techos de Medellín. En sus cuadros del toreo, los toros sufriendo tienen presencia y sensibilidad; los matadores lanzan sus espadas mecánicamente, sin sentimiento o entusiasmo. Instintivamente, Botero revela la debilidad de los poderosos – el burgués autocomplaciente tanto como dictadores y sacerdotes – en disfraces lujoso que no cubren a ellos. Las frutas exageradas no son solamente frutas sino también intentos pobres de camuflar.

25 de enero

Visitamos Parque Nacional Natural Tayrona, en la costa caribeña, cerca de Santa Marta. Desde la entrada hacia Cabo San Juan del Guía es un paseo de 10 kilómetros (hay minibuses y caballos si no se quiera caminar la ruta entera), por una calle – las plantas en ambos lados cubiertas con el polvo agitado por los vehículos – una pasarela por la selva, y finalmente las playas, donde la arena sustenta una variedad increíble de vegetación. Vendedores de helados se paraban en bosquecillos remotos de palmas con sus hieleras; nos prometían que un helado nos daría la energía para llegar a nuestro destino. Los destinos – una playa se llama La Piscina, encerrada por un arrecife, y Cabo San Juan – valían la pena, bordeados por rocas enormes y lisos, como guijarros gigantes. La arena brillaba en algunas partes como motas del oro; en otras era negra perfecta. Las familias se sentaban en el bajío, riendo con delicia cuando las olas corrían entre sus piernas. Una mujer se paraba sola en la orilla, sus manos en la cadera, y su presencia y calma personificaba la atmosfera del lugar. Volvimos a caballo, en una procesión; los caballos conocían la ruta, y mi caballo subía con cuidado las cuestas estrechas, comenzando de repente a galopar en los tramos llanos. Liberado de esfuerzo, y desde mi punto de observación elevado, la selva tenía una belleza especial en la luz de la tarde.

29 de enero

Tengo una relación complicada con la palabra «gringo». Por un lado, español es más directo que inglés, y apodos como «gordito» o «bajito» no contienen ninguna malicia, sino simplemente describen realidades obvias que inglés es demasiado fino reconocer. En eso contexto «gringo» es un reconocimiento de mi diferencia obvia, mi piel rosa, mi español con acento; una manera nombrar el tema tabú. Pero a veces la palabra tiene un tono de desdén – la crueldad y rapidez de un tiroteo desde un auto en movimiento, como las palabras «puto» o «maricón». Es una pequeña experiencia de racismo: alguien hace suposiciones sobre mí basadas en mi apariencia, mi cara, mi piel, y me advierte que no parezco aquí, que soy ajeno. Y quizás la sociedad que yo represento merece este desdén, aun si lo no merezco personalmente. Es una experiencia incómoda y educativa.

16 de febrero

El sábado vi una genial exhibición de fotografía y obras de vídeo en el Museo de Arte Moderno; el tema era la identidad y la historia colombiana. Mi obra favorita se llamaba El agua que tocas es la última que ha pasado y la primera que viene, de Nicolás Consuegra. Un círculo de televisiones se paraba en el medio de una galería grande de hormigón, un espacio con una estética muy industrial, con sus lomos negros mirando hacia afuera como un rebaño protector de ganado. Había un hueco pequeño para entrar, y adentro del círculo las pantallas mostraban imágenes del río Magdalena, pasando a través de la ciudad de Honda. Todas la imágenes eran distintas – en primer plano había casas humildes, lotes vacantes y senderos por la orilla – y a veces alguien cruzaba una pantalla, por pie o por bicicleta, y desaparecía antes de llegando a la próxima. Pero detrás de la vida humana, el río formaba un flujo continuo, un flujo que me circundaba como un anillo. Era un recordatorio de poder del agua para unir zonas diversas; al mismo tiempo la obra creaba una totalidad artificial. Era ambos una unión falso, porque esas imágenes no eran vecinos en realidad, y una verdad usualmente inaccesible a ojos humanos en uno solo lugar, una verdad más grande sobre el río. Muchas veces yo giraba dentro del río de artista, siguiendo su flujo hermoso.

23 de febrero

Hay una tristeza en los cuartos del Museo El Castillo, la tristeza de un familia extinguida. Afuera la atmosfera es distinta; los jardines elegantes miran el valle y hasta por la tarde lluviosa cuando visité, estaban llenos de parejas en citas y grupos pequeños haciendo picnics en los céspedes mojados. Otras personas posaban en frente de la fuente hermosa; sus amigos tomaban las fotos para sus redes sociales. Las ardillas corrían de árbol a arbusto, más cautelosas que los pájaros cazando sin miedo por el pasto. Las puertas del castillo estaban cerradas, y solo se podía acceder el interior por visita guiada. Nuestra guía nos guiaba por los cuartos oscuros, nos dando un catálogo de los muebles muertos y la porcelana monograma en una voz robótica; el grupo le escuchaba, respetuoso y aburrido. Cuando salíamos de cada cuarto, la guía apagaba la luz y el cuarto volvía otra vez a la oscuridad. Los dueños eran una familia prominente de Medellín, pero su única hija se murió joven, y el padre era secuestrado y asesinado. Su hogar era ambos demasiado para tres personas – vivir en un castillo es quizás la definición de la vanidad – y insuficiente para asegurar una vida larga y tranquila para ellos. Yo quería abrir todas las puertas y dejar entrar el aire húmedo y las ardillas rojas parar disipar la telaraña de sombras alrededor los lujos fútiles.

27 de febrero

Ha sido una semana desafiante para mí, incluso tan lejos de Australia, con las noticias acerca de George Pell y Michael Jackson: me han molestado no solo la crónicas detalladas de los delitos de esos hombres poderosos, sino las respuestas también, en Australia especialmente. El primer pensamiento de los diarios y incluso algunos exmandatarios ha sido cómo defender a Pell, su aliado conservador; de repente ellos no tienen ningún respeto por nuestros procesos judiciales. Uno de los efectos más pérfidos de abuso sexual es como destroza tu confianza en tu memoria, tus percepciones, hasta tu identidad; confundes tú mismo con que pasó, hasta que pareces tan monstruoso como el delito has padecido, infectado por siempre. Ahora esos diablos han asumido formas muy concretas, las formas de primer ministros, y su mensaje es unánime: incluso con un juicio y una condena, nadie va a creerte. Los valores trastornados de mi país me ponen desesperar.

28 de febrero

En Colombia, tan cerca del ecuador, la altura de un lugar determina su ambiente. Medellín es 1495 metros de altura, y la temperatura nunca varia mucha desde 25 grados; en Colombia se llama «la ciudad de la eterna primavera». Santa Fé de Antioquia está solo 50 kilómetros de distancia, pero 1000m más bajo, y el clima es completamente distinto, caliente y húmedo. Los músculos de los cerros están solo parcialmente cubiertos con cardones y arbustos secos; por los dos ríos hay franjas de vegetación exuberante. Santa Fé era la capital de Antioquia hasta Medellín la reemplazó en el siglo diecinueve, y el pueblo preserva perfectamente su paisaje urbano colonial. La paleta es refrenada: los muros blanqueados uniformemente; la tejas de terracota en hileras que undulan en los techos como las escamas de un lagarto; las calles pavimentadas con piedras grises se puede sentir a través de sus zapatos. Las puertas y persianas están permitidas alguna individualidad, pintadas azul y verde y marrón. Hay más motos que coches en las calles estrechas; los taxis son autitos abiertos sobre tres ruedas, avanzando dando tumbaos sobre las piedras. Como en la época colonial, la plaza aún está el centro del pueblo; por las niches me sentaba en frente de uno de los bares, cada uno tocando música fuerte distinta, mirando un grupo de mujeres en formación haciendo ejercicio afuera de la iglesia.