7 de marzo

En el Museo Casa de la Memoria hay un memorial hermoso a las personas asesinadas y desaparecidas en la época violenta en Medellín. Se entra a un cuarto oscuro a través de una cortina; las paredes son de vidrio, y en la oscuridad detrás de la superficie hay cientos de luces pequeñas, como estrellas. El espacio pequeño y negro parece infinito. Fotos de parejas y familias aparecen con un ritmo lento; después de un momento los colores se destiñen de las fotos, excepto los de la persona muerta, y alguna información – su nombre, que pasó y la fecha – reemplaza la foto. Las fotos son muy cotidianas – familias se parando en la calle, padres e hijos, bautismos y graduaciones – y mirando los grupos se vuelve una adivinanza triste, esperando ver quien va a permanecer en color. Los sonidos evocan la vida cotidiana de un barrio, con voces, pisadas y trozos de una melodía simple tocado en un piano. Es un espacio etéreo y familiar, evocando ambos el choque por las ausencias súbitas y la persistencia terca de los muertos en nuestras memorias.

18 de marzo

El pueblo de Jardín es bien nombrado: los cerros alrededor del pueblo son una tela de retales de café, bananos, caña de azúcar y pasturas, con bosques en las cimas. Los verdes exuberantes, la tierra roja, las cuestas ondulantes y el clima variable me recordaban a Gippsland, en el sureste de Victoria. Cuando visité Jardín, el tiempo cambiaba constantemente; la lluvia seguida por la intensidad blanca del sol intentando abrir un sendero en las nubes, entonces de repente una tempestad, los camareros de los cafés en la plaza se apurando a recoger las sillas antes la próxima llovizna. Por la tarde la lluvia paraba por unas horas y subí uno de los cerros. Una estatua de Cristo Rey mira el pueblo desde la cima: había un cable para visitarlo fácilmente, pero ahora está fuera de servicio, las ventanas empañadas con grafiti, y tuve que subir el cerro por pie. El sendero estaba embarrado, y me alegraba que yo había llevado mis botas, que compré en el pueblo de mi marido, para el barro de Gippsland. Nuevas nubes llegaban desde uno de los valles como un tren; el ganado se sentaba en la hierba, demasiado perezoso incluso para comer. Algunos hombres trabajaban en las cañas; sus perros me ladraban cuando yo pasé. Pero la vista desde los pies de Jesús valía la pena; me sentaba afuera de un restaurante cerrado (¡Que pena para los dueños que el cable está fuera de servicio!) y miré un relámpago caer en el otro lado del valle. Volví al pueblo, a través de otra tempestad, los bananos temblando en el viento. Cuando me había duchado y volví a la plaza, el sol finalmente había aparecido, por unos minutos antes del ocaso, y los habitantes se sentaban afuera de los bares y cafés, las campanas de la iglesia tañando para la misa de la tarde.

14 de abril

Uno de los riesgos de ser ajeno es malinterpretar: se falta el contexto para realmente entender las cosas que se ve. En este momento no tengo mucha paciencia con la Iglesia o la belleza de su arquitectura o su arte: no solamente porque la organización ha frenado progreso social y ha facilitado abuso infantil, sino porque, a través de la historia mexicana, se ha alineado con los ricos y poderosos, contra los sacerdotes individuales, como Miguel Hidalgo y José María Morelos, quienes luchaban para los derechos del pueblo. Tengo respeto para la fe individual, pero ninguno para la religión organizada; sus tesoros culturales aquí son un signo de su gran privilegio injusto.

Cuando vi, afuera de la Catedral Metropolitana, la escultura de un viejo con la cara de la Virgen en los pliegues de su sotana, pensé: «Por supuesto, el poder femenino está contenido por un hombre. Es como el altar a María adentro, el Virgen en el centro rodeada por hombres barbudos». Pero la estatua es una representación de la aparición milagrosa de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, y el domingo visité su basílica en el norte de la ciudad. Era una experiencia popular y institucional. La Iglesia ha construía una nueva basílica, al lado de la antigua, para caber la multitud quien visita Guadalupe, con un techo enorme, azul como el manto de la Virgen, que se cierne como una montaña sobre las calles alrededores, y una cinta transportadora para ver el retrato de la Virgen. Pero el sitio pertenecía a la gente quien subía el cerro detrás de las dos basílicas, con sus paletas, sus recuerdos religiosos aún envueltos en plástico y sus varas de lino y flores. El cerro era un sitio de adoración para Tonantzin, la madre-diosa mexica; Guadalupe era una adaptación indígena de sus creencias en una forma aceptable a sus nuevos amos españoles. Ahora ella es la santa patrona de México, y de todo Latinoamérica.

En el museo del sitio hay un cuarto lleno de pinturas pequeñas, hechas en gratitud por milagros recibos de la Virgen – la recuperación de las enfermedades y accidentes, el éxito de una operación. Son pintadas en placas pequeñas, en un estilo muy simple, y para mí son más hermosas que todos los óleos hábiles y oscuros en la basílica antigua. En todos ella aparece con su halo completo, una irrupción de los supernatural en la cotidianidad; ella retiene toda la fuerza que los padres de la Iglesia están tan cuidadosos le negar a ella in la imagen oficial, con su postura modesta y introvertida, su halo como un recinto.

No me equivoqué completamente sobre el sentido de la estatua afuera de la Catedral Metropolitana. Pero en las manos del pueblo Guadalupe se vuelve una figura viva; ella escapa las manos de la Iglesia. Quizás el valor principal del cristianismo – como los otros idiomas de la colonización – es que nos ha dado un equipo de imágenes y metáforas compartidas, que nos permite comunicar, que cada persona entiende en su propia manera.

26 de abril

Para mí la plumaria representa mi abuelo; él tenía un árbol en su jardín, y en mi memoria sus ramas huesudas mezclan con los brazos flacos del viejo. Me ponía emocionado cuando vi una vendedora de sus flores en una de las plazas de Mérida, llevando dos canastas, una en cada brazo, y una corona de flores. Compré un ramo por veinte pesos, en un jarrón pequeño hecho de una botella plástica verde, y cuando pedí tomar una foto de sus canastas, ella las recogió para mí, sudando en el sol. En Yucatán los árboles tienen otro nombre: flores de mayo, porque aparecen en esta parte del año. Yo llevaba mi jarrón conmigo el resto del día; en las calles la gente me sonreía como si yo fuera el portador de buenas noticias, un anuncio del verano. Alguna gente incluso me dijo sobre las flores de mayo, y yo podía decirles que las flores son muy típicas de mi país también, donde se llaman frangipanis, y que uno de los árboles dejaba caer flores en el jardín de mi abuelo.

30 de abril

Como las piscinas australianas – tan típicas de mi país que incluso los pueblos más pequeños cuentan con una, a menudo de tamaño olímpico, porque para nosotros el agua es un ambiente tan natural como el aire – cada cenote en Yucatán es simultáneamente un cenote como otros y muy individual. El sábado yo y mi amiga Helga – también una australiana, y un amante del agua – visitamos un cenote afuera de Mérida, que era la fuente de agua para la ciudad maya Dzibilchlatún. Es un estanque abierto, con nenúfares y bancos de peces con colas naranjas; las familias se sentaban en las piedras alrededor del agua. Vadeábamos sobre las piedras resbaladizas bajo el agua, entre los peces, hacia la parte más profunda; bajo de la superficie tranquila, el agua alcanza una profundidad de 40 metros. Hacía 38 grados de temperatura, como un verano australiano, con mucha humedad, y era un alivio nadar en el agua azul caliza mientras las familias se sentaban en la sombra, mirando sus hijos se zambullían en el agua profunda. Hoy hemos visitado Cenote Oxman, afuera de Valladolid; este cenote está 20 metros bajo tierra, con un hueco grande dando una vista del cielo. Las raíces del arboles se estiran hacia el agua abajo; por primera vez yo podía ver la altura verdadera de un árbol, de la raíz a las ramas más altas. Las golondrinas volaban desde sus nidos en la caliza, cazando insectos; los peces negros nadaban en el agua, esta azul subterráneo más oscuro. Por una hora solo había nosotros y unos otros turistas, y me preguntaba si el costo de entrada impidiera a los locales visitar. Pero entonces dos autobuses llenos de escolares llegaron, y como una piscina australiana en el día de competencias de natación, los niños conquistaban el agua completamente.