3 de mayo

Mientras que Tokio ha tragado su paisaje, así los cerros son invisibles debajo sus cargas de los edificios, y hasta los ríos son cerrados, como el Meguro, en los canales hechos por el hombre, Seoul es construido alrededor su paisaje, el gran río Han y las cuatro montañas guardiánas. Por muchos años las montañas eran las defensas literales de la ciudad: una pared recorría de montaña a montaña, y las puertas enormes cerraban todas las noches. El jueves subí Namsan, la montaña más cercana a mi apartamento; mi barrio, Itaewon, está en su falda baja. El bosque empieza solo una cuadra de distancia; no es un jardín planeado, pero matorral salvaje, con un laberinto de las veredas de tierra. En la cima, una llovizna empezó, y después, de repente, granizó; me refugié, con los otros turistas, debajo de una caseta de autobús, reíendo a la violencia súbita de un cielo soleado. La vista era muy bonita; la ciudad se desbordaba sus límites hace mucho, pero las montañas todavía dominan. Seoul es una ciudad facíl de navegar: hay siempre una montaña o un torre, una cruz de neón o un edificio pintado azul cielo por seguir.

6 de mayo

Seúl está solo 50 kilometros a distancia de la frontera con Corea del Norte, y la posibilidad de una guerra es una presencia incómoda aquí, con la base militar estadounidense atascado como un pedazo de la metralla en la barriga de la ciudad. El domingo tomé un autobús al norte, por el río Han. Una calle segunda recorre al lado de la carretera, con alambre de púas en ambos lados, y garitas que vigilar el río. En la otra orilla está el gemelo de Corea, su montañas verdes idénticas a las montañas del sur. El autobús abandoné el río y llegó al Heyri valle del arte, solo 10 kilometros de la frontera. Heyri es un pueblo con muchas tiendas y galerías; se enclava entre cerros verdes, el río y la frontera invisible. Paseé por delante de los museos cursis de los videojuegos, películas, juegetes y hasta Elvis Presley; el lugar tenía una atmosfera feliz de la finde, y el aire estaba limpio y tibio después algunos días de la lluvia. Encontré una librería hermosa de los libros para niños, operado para dos mujeres y un gran perro peludo, como el perro de Dulux. Compré algunos libros, y las dueñas y yo intentamos hablar, en entrecortado inglés y coreano, y me arrepentí no pude decir más que hola y gracias y perdón, solo suficiente para la transacción.

7 de mayo

El lunes era una fiesta, y la orilla del Han estaba lleno de la gente, con su bicicletas y patinetes y cometas. La gente tomaba el sol en su frazadas, o sentaba sombreado por su carpas, o debajo de los puentes sobre el río. Era como un público para un concierto gratís en el Domain en Sídney, pero sin un objectivo solo: el picnic divertido extendía todo a lo largo de la orilla. Encontré una estatua del monstruo de la película coreana The Host, que asalta una multitud muy similar. Un niño pequeño subió a la boca del monstruo, y llamó a su padre para hacer un foto. Después visité Parque Seonyudo, una planta antigua de la filtración de la agua, ahora un jardín en el medio del río. Los conejos comía el césped, sin miedo a la gente; los árboles soltaban sus semillas, vestidas para el viento en globos de la pelusa. Paseé con los amantes, admirando los verdes diferentes del bambú, los abedules y las coniferas, los canales de hormigón ahora una habitát para los juncos y el nenúfar, y su hojas de tres cuartos.

11 de mayo

Entré en el templo Jogye-sa de la parte trasera, y quizás era mejor en esa manera: las linternas que vi primero eran modestas, por un lado del templo, en dos blancas diferentes, cálidas y frías. Las preparaciones eran todavía en curso, un camión aparcado con otra maquinaria debajo las linternas, sus luces reflejadas en el parabrisas. Pisé alrededor de la esquina, a la belleza completa de la tarde: el patio entero del templo estaba enhebrado con linternas rosas, amarillas, verdes y azules, para el cumpleaños de Buddha. Hay un gran árbol en el centro del patio, y las linternas se parecían un dosel arbóreo eléctrico. Dentro del templo, la gente rezaba delante de los tres Buddhas dorados; en el patio, encedí un palo de incienso y dije unas palabras de la gratitud para mi tiempo aquí. Las linternas subían todas las superficies: rodeaban la pagoda y una estatua de un Buddha muy alegre, y seguían las ramas reales del árbol, encima del techo de las luces. Estaban linternas en forma de los lotos y ranas, buhos y textos sagrados. Una paz se posaba sobre la multitud, todos mirando ascendentes, nuestras caras suaves en las luces de colores.

* * * * *

El viernes, visité la prisión Seodaemun, ahora un museo. Es el lugar donde el gobierno japonés encarcelaba los disidentes coreanos durante su dominio colonial; después de la Guerra Mundíal, el dictador instalado por los Estados Unidos empleaba la prisión por el mismo propósito. En Hiroshima estuve enfadado con los americanos, en nombre de la ciudad y su residentes; aquí pensé sobre el crimen de los japoneses en otro países. Como todo los países, Japón es ambos criminal y víctima. En Corea, Japón derribó muchos edificios antiguos y intentó destruir la lengua y cultura coreana; envió muchos coreanos en el extranjero, como esclavos en las fábricas y minas japoneses. La prisión, un complejo austero de los edificios de ladrillos rojos, es un testimonio de esa historia. Después subí Inwangsan, otra de las montañas de la ciudad, por la pared antigua. Las montañas son todavía defensas para la ciudad; en la cima está una base militar, con un cañón antiaéreo y una cerca de alambre de púas. Una pareja de los excursionistas detrás de mí resultaron ser los soldados, empezando su noche en la montaña. Mirando sobre la ciudad, me di cuenta de conocí muchos de los puntos de referencia – las montañas, los palacios y torres, las formas diferentes de los puentes sobre el Han. En una quincena he llegado a conocer un poco esta ciudad, y encantarla.

21 de mayo

No hay ningún sobreviviente tan fuerte,
no hay ninguna promesa leal
como tu pelo,
una sorpresa marrón,
un polizón en mi cama,
un solo mechón,
destilada memoria.

He limpiado mis sábanas,
mi cuerpo,
y tu olor, tu aceite
no han sobrevivido el agua.
Tu toque está extinguido.

Eres ya la historia
de otra hora,
pero tu pelo,
un náufrago terco y concreto,
existe, se aferra
a mi almohada

como un juramento,
o una especie introducida
que llega a la costa
de la isla remota
flotando
en un trozo de madera,
listo para empezar
una vida nueva.

23 de mayo

No quiero ser
siempre
un pájaro solemne
sentado
en la misma rama,
una chuchería triste,
ennegrecida
por la lluvia
en el árbol
de una Navidad antigua.

No quiero ser
la nube constante,
la condición gris
que la gente sufre
en sus chaquetas
y otras envolturas,
un molejón para la paciencia.

No quiero ser
siempre
los nudillos azules
de los edificios,
amontonados
taciturnos
en el frío,
sus luces evaporando
como el vapor de los pulmones.

No quiero ser
lo que he sido,
y mi yo del futuro
aparece
en vistazos,
como los breves espacios
del cielo despejado.