3 de abril

Ben y yo perdimos los flores de cerezos por solo pocos días: solo los restos harapientos quedan en los árboles, casi desalojados por las hojas nuevas, y los pétalos están esparcidos en el suelo. En Parque Yoyogi, mucha gente joven reunía de todos modos, sentado en grupos en lonas azules, con mesas hecho de cajas cartónes. La basura de esas fiestas de primavera estaba en montónes enormes al lado del camino. La escena se parecía las secuelas de una orgía, con los últimos juerguistas tercos todavía en asistencia. Los solo pájaros en el parque eran enormes cuervos de la selva, frutas negras en los árboles rosas y los montónes de basura. No son como los cuervos en Australia; son más como los ibises en Sídney en sus cantidad, audacia y tamaño. Los más valientes se posaban cerca de los picnics, sus hombros elevados en desafío, graznado furiosamente a los intrusos, pero la gente les ignoraban.

5 de abril

Visitamos el castillo antiguo del shogun en el centro de Tokio: ahora los fosos y las paredes de las enormes piedras negras son los accesos para un jardín muy elegante. La ciudad es tan densa que cualquier espacio abierto es muy poderoso, una declaración: me sentí alivio en la presencia de esa gran extensión de césped, esos caminos anchos serpenteando entre los árboles. Nuestro jardín en Blackheath tenía muchas plantas japoneses, y Ben encontró amigos antiguos en todos los partes, los cerezos, azaleas y arces. Detrás de los árboles pudimos ver los edificios altos de la ciudad moderna, y los grúas rojas y blancas, las capas de la historia en una vista. Después fuimos a un canal se llama Nakameguro, con líneas de los cerezos en ambos lados, y linternas rosas y blancas con mensajes individuales escrito en cada una. La gente deambulaba a lo largo el canal con copas de champán rosa, haciendo fotos de los últimos flores de cerezos, la agua tranquila, y las luces hermosas.

7 de abril

Yokohama, la ciudad segunda más grande en Japón, está solo a mediahora de Tokio por tren, cerca la boca de la Bahía de Tokio, como Geelong en relación a Melbourne si Australia tuviera un mejor sistema de vía férrea. Ayer hacía un viento del mar muy fuerte, y el aire frío y limpio era agradable después del esmog pesado en Tokio. Yokohama tiene 3,7 millones de personas, una escala más familiar que la de Tokio para este australiano; los edificios son hermosos, y más obvios en las calles anchas y los espacios generosos de la ciudad. Ben y yo visitamos un museo dedicado a Momofuku Ando, el inventor de los tallarines ramen instantes. Una serie de las galerías contaban la historia de Momofuku como si fuera un gran heroe: un collage de los fotos colocaba Momofuku con los hermanos Wright, Marie Curie y otros gran inventores. Arriba estaba una actividad muy divertida: compré una taza de una máquina expendedora, decoréla con marcadores de colores brilliantes y después giré una rueda pequeña a compactar los tallarines en la taza. Eligí varios sabores y coberturas y miré mientras los trabajadores sellaron mi taza con plastic. En muchas maneras, Japón es el capitalismo hecho correctamente, con su variedad de productos, la calidad de la ejecución, y más importante, con su humorismo y sentido saludable del absurdo. El museo – un instituto dedicado a un producto consumedor muy corriente – era un experiencia realmente encantadora.

10 de abril

Kamakura está a una hora al sur de Tokio, al lado del mar. Antiguamente la ciudad era la capital de Japón, y hay muchos templos budistos y santuarios sintoístos. Hoy la está menor que Tokio o Yokohama, un pueblo de la playa para los citadinos. Los cerros son atestados con árboles, no jardínes cultivados pero bosque salvaje, las copas de los árboles una tela de retales de colores diferentes, marrón y roja y muchos tonos de verde. Los edificios de la ciudad son apiñado en los valles estrechas entre los cerros. Hay muchos signos con la altura sobre el mar, y instrucciones en caso de un tsunami; Ben y yo visitamos un Buddha enorme se llamaba Daibatsu, que ha sobrevivido tsunamis y terremotos desde el siglo trece. Me encantó su fuerza tranquila; él había sentado despreocupado durante los desastres varioses que habían destruido los edificios alrededor de él, y ahora la inundación de los turistas que atestan en su patio para los selfies. Ben y yo escapamos las multitudes, y escalamos un largo tramo de escalera hacia los cerros. Encontramos un santuario hermoso en el bosque, más espiritual que el santuario del emperador en Tokio. Los halcónes enormes dieron vueltas en el cielo; un trío de las tortugas tomaron el sol sobre un piedra en un estanque. Ben y yo atamos una oración por nuestra relación con las otras oraciones en un estante de bambú; rompé algunos platos pequeños en un gran piedra blanca. La piedra se llamaba Masaruishi; era un ritual por la destrucción de las influencias malignas en mi vida. Me encantó los detalles del santuario: los animales guardiánes, los relámpagos hecho de tela, los grupos de grullas de papel.

12 de abril

Tomamos un funicular hacia Monte Mitake, una montaña a noventa minutos al oeste de Tokio. En la cumbre pudimos ver la ciudad infinita, se mezclado con el esmog blanco. La ruta allí serpenteaba por un estrecho valle de río, con cerros escarpados cubiertos con pinas. El bosque sobre la montaña tenía más variedad. Habían cerezos, todavía con sus flores; bosquecillos oscuros de los árboles de hoja perenne donde la luz no era general pero en rayos claros, como focos; cerros enteros de árboles de hoja caduca, sus primavera solo nueva en esa altura, sus hojas jovénes y indecisas. Visitamos un santuario sobre Monte Mitake; el santuario más recóndito era vigilado por dos espíritus de lobos con sus colmillos mostrandos. Entré el santuario para hacer un foto y inmediamente sentí que yo había violadolo. Yo pedíles perdón mientras Ben y yo caminamos hacia Monte Otake. El camino era estrecho y rocoso como el camino en la película La princesa Mononoke donde los lobos asaltan Lady Eboshi y su seguidores. El paisaje entero sentía espiritual, habitado; a menudo los árboles hacían nuestro camino, los escalones, con sus raíces, como si les ayudaran nosotros. Cerca de la cumbre de Otake era un asentamiento abandonado: unos edificios de madera y un edificio mayor – una mansión, quizás, o un hotel – con un torre con una cúpula rusa y un helipad que caía en el valle abajo. Me preguntaba quién lo había tenido, cómo él lo había construido, porqúe lo había abandonado. Quizás los espíritus del monte no habían aprobado a él.

18 de abril

El bosque famoso de bambú de Arashiyama era un decepción, solo un terreno pequeño al lado del ferrocarril. Todo el mundo estaban en pie en un sitio para hacer el mismo foto. Pero al final del bambú esta un jardín muy hermoso, la creación de Okochi Denjiro, un estrella de las películas japonésas; la mayoría de los turistas no querían pagar la entrada, y el jardín era tranquilo y espiritual. Un santuario en ese lugar era muy importante para Denjiro, y él hizo el jardín alrededor lo. Los árboles estaban todavía húmedos por la lluvia la noche antes: me encantó las veredas privadas, el musgo verde y amarillo, las vistas súbitas de la ciudad y el río. Ben y yo visitamos un parque de monos también, sobre un cerro diferente; los monos viven salvaje en el bosque y visitan el parque por la gente con sus bolsas pequeñas de manzana y manís. Ellos extendían sus manos sin dudas por sus comida. Sentaban en el suelo, sus hombros hundidos, plenos y un poco aburridos mientras sus primos humanos hacían sus fotos. Un trío de monos jovénes, con más energía, luchaban en un cerro, subiendo los árboles y saltando abajo por una ventaja en el juego. Por la tarde visitamos una casa de baños japonésa en otro barrio de Kyoto: a las tres, antes el fin de trabajo, estaban solo los hombres viejos y nosotros. Nos desnudamos, sentamos en taburetes bajos debajo de las duchas para lavar, y bañamos en una gruta externa, con baños fríos y calientes, la agua echando desde la cabeza de un dragón, la luz de la tarde sobre las piedras.

19 de abril

Esta mañana hemos visitado el Buda enorme de Nara, otro capital antiguo de Japón. Una serie de las puertas preparaban nosotros para una gran experiencia. La madera de las puertas no tenía los colores frescos de pintura nueva; las rojas, marrónes y blancas eran todas desteñidas, erosionadas, como madera viva. El interior del templo se parecía el mismo, los pilares enormes como los troncos de un bosque con el Buda en el centro. Los espacios sagrados aquí sienten muy diferentes a las iglesias cristianas de casa: no son solemnes o tranquilos pero atestados, vivos y divertidos. Grupos de niños en sus uniformes de la escuela rellenaban borradores sobre el templo; guías de los turistas paseaban con banderas, y hablaban en muchas lenguas diferentes; gente intentaban apretar por un agujero en un pilar, para la promesa de la iluminación. He pensado sobre cristianismo, mi religión solemne, en su casas frías de piedra; en algunas maneras prefiero el templo vivo de madera, con su anfitrión amable. Afuera del templo estaban una multitud de los ciervos, animales santos asociados con un santuario sintoísto cercano. Los ciervos viven en los parques y bosques de Nara, alrededor los templos y santuarios. Los turistas y peregrinos alimentan los con galletas especiales, en venta en todos los partes. Uno ciervo era demasiado entusiasmado, y ha tirado de mi mano una bolsa plástica. He comprado algunas galletas y me he parado para alimentar algunos ciervos; los estaban entre las linternas de piedra que forran las escaleras hacia el santuario Kasuga Taisha, saludando yo antes agarrando su comida. Los estaban debajo la puerta torii y delante del santuario también, en todos los partes, anfitriones y mascotas.

20 de abril

Mi lugar favorito en Kyoto es un café. La mayoría de las cafeterías en Japón se abren muy tarde, a las 10 o 11. Ben y yo nos despertamos muy temprano y, en nuestra primera mañana aquí buscamos para cafeína. Encontramos un café en la parte trasera de un centro comercial pequeño y oscuro. Se llama Decoy; el logotipo, impreso en los signos, las ventanas y los platillos, es un pato dentro un grano de café. El espacio is muy masculino, como un barbería; los clientes son todos hombres viejos. El dueño es viejo también; lleva una barba blanca muy arreglada, y siempre el mismo chaleco puffer y pantalones negros. Todas las mañanas él tiene los periódicos abierto en abanico sobre el largo bar de madera. Él indica a nosotros que sentar en nuestra mesa habitual, al lado de un santuario para un caballo de carreras, con fotos, un billete para las carreras, y una figura pequeña de un tigre. El hombre arrasta los pies hacia la mesa con una bandeja; él deja nuestros cafés sobre la mesa con una jarra minúscula de la crema, se abre el tarro de azúcar, y él vuelve a sus periódicos. Me encanta la rutina, casi un ritual; puedo imaginar él hace 20 o 30 años, su barba todavía negra pero de otro modo el mismo. Él creó un espacio que expresar su personalidad perfectamente, y vive allí todavía, de las 7 a las 5, seis días a la semana. Envidio a él su esquina perfecta en el mundo, sus hábitos elegante, su manera brusca pero amable. No tengo suficiente japonés para preguntar su nombre, pero me parece él tiene una vida muy buena.

25 de abril

Con sus avenidas anchas, sus tranvías, su río marrón, Hiroshima se parece una ciudad australiana. El miércoles, Ben y yo tuvimos un día hermoso allí. El Museo de Arte tenía una exposición sobre los gatos: los artistas capturaban la calidad siniestra y salvaje de los gatos, con los músculos poderosos de leónes, y sus ojos amarillos y hambrientos. En el jardín Shukkei-en, sentamos al lado del estanque con bolsas pequeñas de comida para las carpas y las tortugas. Las tortugas eran despacias, una poca tímidas, y tiré su comida con cuidado así las carpas no lo robaban. En Mitsukoshi, un gran almacén lujoso, probamos varios típos de sake: bebimoslo frío, y era delicioso, con un sabor fuerte de la fruta, como vino blanco o sidra. La mujer detrás del bar era muy amable; ignoró su jefa severa y habló sobre Japón, alcohol y su familia. Ella nos servió sake adicional, y al final regaló a nosotros las pequeñas copas cerámicas. Todas estas cosas y personas sería destruido si la bomba atómica cayera hoy. Yo pensaba sobre el mal que podía destruir esta ciudad hermosa y miles de sus habitantes; el mal podía matar los civiles sin discriminación. Unos de los monumentos de la atrocidad es el esqueleto de un gran edificio con una cúpula, como el Edifico de la Exposición en Melbourne; lo estaba directamente debajo de la bomba, y así sobrevivía. En el Museo de Hiroshima, un grupo de niños estaban allí en sus uniformes de escuela – abrigos negros con botónes de latón para los chicos, blusas blancas para las chicas; eran como los niños que morieron en el fuego, la lluvia negra y los efectos duraderos de la radiación. Aunque la bomba cayó hace setenta años, las consecuencias sienten todavía muy inmediatas; los detalles terribles alcanzan a través del tiempo y hacen el desastre vivo y personal.

27 de abril

Cuando llegamos en Japón, hace un mes, los cornejos seguían los cerezos con sus flores más duraderos, platitos blancos y rosas. Hoy, los flores se marchitan y se vuelven marrón, y Ben vuelve a Australia. Tomamos el tren de la bala a Tokio, una ciudad ya familiar, nuestro barrio antiguo. Comimos cajas bento fuera de la Estación de Tokio, eso gran edificio de ladrillos rojos con su plaza enorme, las turistas llegando por la primera vez con miradas anonadadas, sus cámaras listas. Entonces es el tiempo para el tren hacia el aeropuerto: paseamos por los vestíbulos y escaleras móviles muy tranquilamente. Después de casi diez años, nuestras despedidas son todavía dolorosas. Agitamos los manos por la ventana del tren, y yo vuelvo a través de la estación, aturdido, por delante de la gente comprando las cajas de dulces para sus viajes largos. Siento mi yo encogerse: me doy cuenta de como mi consciencia estira, como una carpa, cuando esté con Ben, y incluya nosotros ambos. Ahora estoy más pequeño, mientrás tomo el tren hacia nuestra habitación en Osaka, la habitación ahora mía sola.

30 de abril

El domingo vine a Busan, Corea, y mi destino nuevo es muy diferente a Japón. La ciudad es caótica, ruidosa, con más pobreza visible: vendedores en el metro, hombres viejos recogendo el cartón descartado en carretillas pequeñas, y gente durmiendo en la calle. La gente es sin el sentido elaborado de cortesía del japonés: ellos son muy directos, hasta bruscos; en la calle, reíen ruidosamente, escupien y tiran su basura. El paisaje es caótico también: secciones de la canaleta cavado y abandonado, casuchas antiguas al lado de torres brillandos. Se parece Phnom Penh, si Camboya fuera más rico, con una fuerte influencia americana. Quizás Busan es como Osaka en Japón, la ciudad áspera del puerto, con Seoul la capital más fina; no lo sé. Pero ayer descubrí mucha belleza en el caos. Gamcheon era un barrio pobre, construido muy rapidamente por los refugiados durante de la guerra en los cerros empinados y verdes. Más tarde los edificios estaban pintado con colores vivos – azúl y rosa y verde y amarillo – y ahora se parece las favelas en Río. Deambulé por los caminos serpenteado cuesta abajo, la suburbio ahora una “aldea de la cultura,” con muchas tiendas, galerías, murales y tactos cómicos, como una fila de las palomas de arco iris sobre un canalón o un edificio formado como un tetera. Los residentes viejos mirían esa actividad con compostura perpleja, como si nada pudieran sorprender ellos. Me encantó la energía, la manera los coreanos literalmente pintaban su historia con colores brillos. El caos puede ser liberador.