25 de julio

Entre ustedes y yo
hay un mar de la lengua
y necesito cruzarlo.

Después de años de teoría,
el puerto seguro de la escuela,
la sorpresa del agua.

La garzona no tiene
paciencia
con mis palabras lentas.

Pero puedo nadar y hablar:
mis brazos perforan las olas
con aproximadas formas,

y mis dedos están cerrados
como cucharas torpes
en la mano de un niño.

Cada conversación es
un nuevo viaje,
el trabajo enorme y simple

de comunicar
un deseo
un pensamiento

a través de ese
cuerpo de agua,
hasta la otra costa.

27 de julio

El esmog es obvio
sobre los barrios lejanos,
pero aquí el aire
parece limpio.

No tiene ningún sabor
en mi boca;
existe solamente
en la suave luz

que cae como una bendición
sobre los autobuses
y torres –
todas las vidas,

como la mía,
que generan
esta belleza,
esta suciedad.

Mis pulmones ignorantes
no conocen
su propio elemento;
respiran

como si habitaran
en un lugar neutral,
como si no añadieran
su propia porción del carbono.

¿He viajado alguna distancia?
¿O estoy de pie
en una burbuja límpida,
que no me permite ver?

28 de julio

Visité la nueva colección permanente del Museo de Arte Precolombino, y incluso antes interactué con los objetos indígenas, el diseño del edificio me hizo sentir muy conmovido. La colección está en un espacio oscuro bajo tierra, otro estrato bajo la ciudad moderna. Se descienden varios tramos de escalera, y sin una palabra de los curadores, se piensa sobre la manera en que los españoles intentaban enterrar las culturas indígenas. Los objetos tenían una presencia fuerte en la luz sombría, y la diversidad de los estilos y creencias entre las culturas diferentes era una reprimenda contra la monotonía de la cultura de los colonizadores. Mis objetos favoritos eran un grupo de las estatuas de madera, de la cultura mapuche. Originalmente estaban de pie sobre las tumbas de la gente, y representaban sus espíritus con caras muy individuales. Sólo los jefes y los guerreros tenían una buena ultratumba, y las estatuas se apiñaban como si estuviesen desnudo en el frío, con sus brazos delante de ellos. Es una representación muy poderosa de nuestra vulnerabilidad humana.

30 de julio

Estáis casi invisibles,
con la fuerza impasible
de las vacas que ignoran
la molestia
de las moscas
insistiendo
en sus caras.

No tienen que actuar;
ellas saben que
sus vidas van a durar más
que las de sus vecinas,
y en breve
los fastidios
caerán del aire.

Estáis ahora invisibles;
como una estatua
con un bigote,
o una mascota
llevando ropa,
todo lo que se ve es la intervención humana,
la mano de la bromista.

Un día
la neblina
subirá
desde a vosotras,
y apenas recordaréis
que estábamos
alguna vez
aquí.

3 de agosto

Quizás mi cualidad favorita de los chilenos es lo mucho que aman a los perros. Y no aman solamente a sus mascotas. Hay muchos perros callejeros, y organizaciones que los alimentan y los visten con chaquetas para el invierno. Los perros están cómodos, a menudo gorditos, y pasan los días en las plazas y los parques, durmiendo en el sol. Están muy acostumbrados al ritmo de la ciudad y a la muchedumbre, y esperan en los semáforos con nosotros. De alguna manera tienen una mejor vida que la de las mascotas: tienen independencia y movilidad. El perro que me saluda en el parque mientras leo el periódico no necesita nada de mí. Lo es amigable y libre; un minuto después, se une a sus primos en un juego. Este estilo de vida agradable es gracias a la generosidad de los ciudadanos humanos. El perro en esa foto acaba de darse cuenta de que una mujer ha salido de su casa con una bolsa de comida para él.

* * * * *

Con razón Neruda prefería su casa en Valparaíso. La Chascona, su casa en Santiago, es como un búnker al final de Cerro San Cristóbal, intentando olvidar su ubicación en la ciudad gris. Valparaíso es mucho más hermoso, con sus cerros, sus colores brillantes y el mar, y la casa de Neruda aquí aprovecha la belleza; sus pisos se estiran como si estuvieran de puntillas, y sus ventanas abren al mar. El sol del oeste inunda los cuartos con sus paredes que reflejan los colores de los edificios de afuera en verde, rosa, amarillo y azul. Los muebles evocan la personalidad de un hombre gordo y alegre: exigente, un poco pesado, y lleno de risa. El piso más alto era su escritorio, y envidié su nido de águilas. Esa tarde hubo una charla en la biblioteca allí, sobre poetas latinoamericanos quienes emplean un vocabulario cotidiano en su poesía. Me senté en un cuarto lleno de la gente deseosa por pensar sobre la literatura y varios movimientos del arte; me encanta la manera esta cultura se siente cómoda con las ideas abstractas.

14 de agosto

Mis días aquí están gobernados por los ritmos de la Plaza de Armas. El sol amanece muy tarde detrás de los Andes, y no está luminoso hasta las 9 o 10. Cuando abro mis persianas, la Plaza está tranquila y limpia: los obreros de la ciudad la han barrido y manguereado durante la noche. Hago un café en mi fogón pequeño y leo un libro de Mistral o Galeano junto a la ventana. Quizás traduzco un poema o un libro para los niños, o escribo a máquina mi propia escritura. Ahora hay una muchedumbre en la Plaza, y los artistas quienes entretienen a ellos: los artistas quienes dibujan las caricaturas, las estatuas humanas con su piel pintada dorada, y los ilusionistas y musicantes quienes atraen a la gente en círculos grandes. La Plaza es un lugar de reunión para los inmigrantes de Perú, Colombia, Venezuela y el Caribe, y puedo oír el alivio en su risa y aplauso – alivio a la oportunidad para expresar alguna emoción en este país reservado. Mi departamento mira al norte, y está soleado todo el día. Por la noche, la vida de la Plaza llega a su crescendo: la prostitutas empiezan a trabajar; una orquesta de viento toca en el quiosco; un predicador grita con una Biblia en su mano. La policía deambula por la Plaza, molestando a los extranjeros acumulados allí: los carabineros demandan sus pasaportes y cachean a ellos. Mientras tanto, un grupo de hombres viejos se sienta a una hilera de mesas, jugando ajedrez. Sirvo un vaso de carménère, toco música y miro la noche. Necesito un app de ruido blanco para dormir: toda la noche hay ruidos súbitos y camiones preparando la Plaza para otro día.

17 de agosto

Visité algunos museos, buscando algo vivo; a veces los museos se parecen ventas de garaje decepcionantes, colecciones tristes de objetos abandonados. Pero luego visité la Iglesia de San Francisco, y finalmente encontré alguna belleza viva. El edificio fue consagrado en el siglo diecisiete, y el torre reparado después de varios terremotos. Me encantó su combinación de elementos elegantes y primitivos: el techo elaborado con cientos de los recovecos cuadros, y las paredes de primitivos ladrillos y piedra, encalados sencillamente. Una mujer trabajó en un santuario con uno de los santos, reparando la pintura con un pincel, como una maquilladora; un equipo de hombres llevó sacos pesados de cemento hasta la cripta abajo. Pero mis cosas favoritas eran las oraciones de la gente. Había santuarios para muchos santos diferentes, y la gente había dejado las flores y fotos de sus mascotas y otros seres queridos. Ellos habían hecho placas con peticiones y gracias por sus hijos; habían escrito sus rezos con bolígrafos en las paredes. Yo era muy conmovido por la fe personal expresado allí: estas personas se sentían un sentido de propiedad tan fuerte que se han vuelto una parte de la piel de la iglesia. Han creado una telaraña comunal de sus esperanzas, penas, ansiedades y celebraciones: es un monumento a la anchura de la experiencia humana. Las paredes se han vuelto una batería de sentimientos.

19 de agosto

Fue el domingo por la tarde, y subíamos muy lentamente el cerro hacia el templo bahá’í, el sol en nuestras espaldas demasiado fuerte para el invierno. La gente en coches subía al mismo ritmo que los peatones en el rugoso camino de tierra: todos nosotros fuimos a paso de tortuga hasta la cima, con una paciencia inusual para los chilenos, quienes son usualmente muy enfocados. El templo se parecía una flor gigante en las faldas secas de los Andes, con pétalos que parecían cerrar sobre algo, como un secreto. En el terreno del templo había un jardín, muy ambicioso en eso clima duro: parecía haber más sistemas de aspersión que plantas. Pero el paisaje era diseñado muy bien: el camino serpenteaba detrás de un cerro pequeño y luego el templo reaparecía, esta vez muy cerca, y sentí como si lo estuviera viendo por la primera vez. Al lado del templo estaba un estanque largo, reflejando la flor y el cielo; la gente chateaba y hacía los selfies, y mi amigo chileno pensó que ellos no mostraban suficiente respeto por el lugar sagrado, pero me encantaba la atmosfera feliz de familia. Dentro del templo estaba más tranquilo: los dueños pedían silencio y prohibían las fotos, y nos sentábamos en bancos largos, rezando o contemplando la belleza del edificio. Adentro, los pétalos parecían abrir hasta el cielo. Pensé como raro silencio es en está ciudad: era un presencia activa, un alivio del ruido cotidiano. El sol occidental quemaba el esmog y la ciudad así que parecía no haber nada afuera excepto su luz blanca.

24 de agosto

Nunca he visto nada como Valparaíso: la violencia y el cambio constante – la casa quemada, su esqueleto ahora el marco para un jardín salvaje de hierba y grafiti, o el edificio demolido, dejando un flanco entero de su vecino expuesto, los ladrillos desnudos de la pared como piel rosa; los cerros atestados, con sus caídas súbitas y sus ascensores lentos, subiendo las cuestas con la paciencia de los jubilados; el caos de los colores. Es difícil saber donde mirar, o hacer fotos: ¿cómo se puede capturar la intensidad de los individuales o la variedad de al completo? Algunos de los artistas más conocidos aquí – el dibujante Lukas o el grabador Loro Coirón – han intentado capturar la ciudad en blanco y negro, como si necesiten simplificar la escena antes puedan representarla; emplean líneas activas y imágenes atestadas para expresar la energía aquí. El gran alivio – el lugar de reposo para los ojos entre toda esta densidad visual – es el mar, al fondo de todo cerro, una vista súbita en todas las esquinas. La inmensidad azul del puerto y el movimiento tranquilo de las grúas parecen habitar otro tiempo, con su propio ritmo. Toda la actividad humana es como una carrera hasta el mar, que nos promete un final de todas nuestras ambiciones y desastres. La casa quemada y el lote vacante ambos quieren estar bajo el agua; los colores quieren estar submarinos, como el coral.

25 de agosto

Viña del Mar, con sus bloques blancos de departamentos, sus veredas anchas, sus cerros y árboles – palmas y pinos delgados, eucaliptos y las flores amarillas de las acacias – es como un australiano pueblo de playa, como Manly o Tweed Heads. Las guías turísticas a menudo lo comparan con Valparaíso, y desestiman a Viña como anodino y burgués, pero me encantaban la calma después del frenesí de Valpo, y el acceso directo al mar. En Valparaíso, la actividad del puerto está siempre entre la ciudad y el mar: se puede verlo, pero no se puede tocarlo. En Viña del Mar, los departamentos empujan casi hasta la orilla, y la gente se amontona el paseo marítimo: pescando en el muelle; comiendo tazas de helado con el cono atascado en la cima, al revés, como un corona; fumando marihuana en las piedras grandes del rompeolas. La atmosfera relejada y la gente ociosa y feliz me recordaban a mi país. A atardecer yo miraba al oeste, más allá la puesta del sol y el Pacífico, hacia Australia.