3 de septiembre

En mi vuelo de Santiago, la tira estrecha de tierra entre las montañas y el mar – podía ver ambos, a través de las ventanas a las izquierdas y derechas – cambiaban de marrón a verde. Valdivia se parece Armidale, un pueblo de universidad en un clima fresco y lluvioso. Una muchedumbre de estudiantes cruzaba el puente sobre el río, hacia el campus en Isla Teja. Entre los estudiantes yo veía una pareja lesbiana joven, se agarrando de la mano con una combinación de intensidad y desafío recuerdo en mi propia juventud, cuando se agarrando de la mano con mi primero novio sentía como una declaración valiente. Dos ríos se juntan alrededor de la isla y forman el río Valdivia; la pura cantidad de agua era increíble después de los cerros secos de Valparaíso. Es un paisaje definido por el choque y la atadura de elementos diferentes, montaña y mar, río y río. Pensé sobre la mitología mapuche sobre la creación del paisaje: un serpiente y un lagarto en combate, un representando la tierra y el otro el mar. Una colonia de los lobos marinos vive en pontones y la orilla concreta en frente del mercado, tomando el sol y comiendo los pescados sobrantes. Los machos enormes y peludos eran el imagen de privilegio masculino; se negaban a compartir sus sitios, y gruñían a cualquier intrusos – pájaros o otros lobos marinos – con un sonido a medio camino entre un eructo y un vómito. Su indolencia y mal humor me recordaban a mi padre.

5 de septiembre

Hay algunos conceptos no se puede traducir de español a inglés. El amanecer aquí es muy tarde – está oscuro hasta las 8 – y la composición de los días es muy diferente. «La tarde» no es “the afternoon” o “the evening” exactamente, pero la parte laboral del día que se estira de mediodía hasta el atardecer a las 8. Me siento un poco ofendido cuando un anuncio me dirige a mí con el pronombre «tú» y no la forma respetuosa «usted». ¡El negocio no es mi amigo ni mi íntimo! Aquí en Ancud, he pensado sobre la palabra «tiempo», que en español significa ambos “weather” y “time”. ¡Cómo apropiado ese es en un clima que cambia constantemente! Olas de lluvia y luz solar pasan sin interrupción; el tiempo nunca se posa en un estado fijo que se puede dar por hecho, pero siempre llama la atención hacia su status como un proceso – una serie de eventos – y su cualidad temporal. Caminé los 7 kilómetros desde mi habitación hacia el pueblo, a lo largo la carretera y el mar: uno momento admiraba la belleza de los ríos y los cerros verdes, el cielo un azul tibia; el próximo, el viento y la lluvia me azotaban, y la belleza se volvía severo, casi nefasto, la belleza de cosas tercas que enduran. Entonces, en el puente sobre los dos ríos, el sol me cegó, se afirmando otra vez detrás de una masa enorme de nube blanca.

8 de septiembre

Tomé un minibús de Castro hacia Muelle de las almas, un sitio muy importante para el pueblo originario. Era un viaje grande, por delante de dos lagos hacia la costa Pacífica, y después por un calle de tierra a través de pasturas verdes y playas grises. El viaje continuaba por pie a través de un bosque, por un camino que dividía continuamente en bifurcaciones, todas cenagosas. Los otros pasajeros y yo encontrábamos nuestro camino muy lentamente, resbalando y riendo. El hombre quien tomaba nuestros boletos trabajaba al lado del camino con un motosierra, cortando ramas de los arbustos para extender en los peores áreas de barro. El camino continuaba a través de más pasturas: cerros verdes con algunas ovejas oscuras y vistas increíbles del mar. El muelle ahora está roto, una isla aislado cerca de la costa: el puente de piedra que se conectaba la isla con Chiloé – el muelle – derrumbó en el gran terremoto de 1960, que destruyó la mayoría de Valdivia y Castro también. Ahora la isla es un santuario para las aves y los lobos marinos; los rugidos de los lobos marinos se escuchaban sobre el agua como los cláxones de barcos. La gente mapuche creía que el muelle era un punta de salida para las almas viajando hasta la ultratumba; y allí, mirando el Pacífico, sentía que yo estaba en un lugar final. Ahora hay un pequeño muelle de madera en el cerro para sustituir el muelle geológico, pero las almas esperando ahora son turistas quienes hacen fila para hacer fotos con los acantilados y el agua al fondo – la misma foto para todos, para sus redes sociales, nuestras esencias actuales que sobrevivirán nuestros cuerpos de carne y hueso.

27 de septiembre

Los hombres tiran pedazos de la calle en la camión
y otro hombre conduce la camión más calle abajo
y otro lleva un taladro pesado,
buscando un sitio para empezar su excavación,

una demolición que no es una caída
pero una revelación de la tierra,
expuesta como la escena
de un crimen y entonces vestida en una cáscara nueva.

El afortunado polvo, liberado,
huye a través del hueco y vuela como humo;
se posa en un tramo
de vereda por ahora intacta, un augurio,

el suelo real en el suelo actual.

No creemos en nuestro reino, nuestra imposición de orden,
y hacemos la misma tarea una y otra vez,
como el hombre quien no cree su mano,
cerrando y abriendo con llave la misma puerta.

28 de septiembre

Yo había leído algunos libros de Ursula K. Le Guin y conocí su don para crear mundos enteros muy detallados; mi copia de segunda mano de Un mago de Terramar tiene un mapa de Terramar dibujado por algún dueño previo doblado adentro, un testimonio de la viveza de su mundo imaginario. Yo admiraba su habilidad para escribir niños inteligentes, solitarios y tercos, y el monstruo negro que persigue a Ged en el primero libro es unas de más poderosas imágenes de un demonio personal he encontrado alguna vez – tan fuerte que a veces yo necesitaba poner el libro a un lado. Pero todavía yo no estaba preparado para la complejidad y la urgencia de su ciencia ficción. Los desposeídos describe dos mundos vecinos, un planeta y su luna, de la perspectiva de Shevek, el primer hombre en visitar ambos en siglos. La gente de la luna salía el otro planeta para crear un sociedad más justa, y cuando Shevek, un científico famoso, hace el viaje opuesto, tiene que constantemente observar y intentar entender su nuevo ambiente, siempre consciente de su propio diferencia y extrañeza. El libro describe perfectamente mi experiencia aquí en América – la incertidumbre si cualquier de mis impresiones son exactas; el hábito constante de comparando aquí con allí; mi titubeo con una nueva lengua – excepto en el libro el personaje ha cruzado el espacio entre planetas. Le Guin complica su historia aún más por contando dos historias en conjunto, en capítulos alternados: la experiencia de Shevek en Urras, y su vida entera, de su infancia, en casa, en la luna Anarres. En prosa exacta y exigente, Le Guin interroga a esas sociedades imaginarias, y su relación con los países en nuestra Tierra es nunca como sustitutos sencillos. Le Guin le interesan preguntas básicas de como la personas organizan ellos mismos en sociedades, y como esas sociedades forman nuestros pensamientos y sentamientos. La amenaza de la sociedad lujosa de Urras es obvia del principio, pero la luna no es una utopía tampoco; que se ve de cada uno modifica sus percepciones del otro. Para mí, Australia es como la luna: un mundo aislado y cerrado, empobrecido por su indiferencia hacia cualquier otra realidad.

1 de octubre

Empiezo a entender he estado en una burbuja burgués en Palermo, un barrio lujoso como los barrios del este de Sídney o Melbourne. El martes pasado, un paro general vació la ciudad; las estaciones de metro estaban cerradas, los autobuses no operaban, y las calles tenían la tranquilidad extraña de una ciudad grande en Navidad. Pero en Palermo los cafeterías y restaurantes estaban abiertos y llenos como siempre de porteños ricos con su altivez y su pelo brillante. En Palermo, no hay una crisis económica como el resto del país; la riqueza de la gente aquí protege a ellos, pero atrapa a ellos también, en un circuito cerrado de consumo. En otros lugares se puede ver la cultura viva de protesta. En La Plata, una ciudad pequeña 50km a distancia de Buenos Aires, los gran edificios del gobierno provincial están cubiertos con salpicaduras de pintura, un regaño contra su dignidad irreal. Un sindicato de carteros se congregaba en la calle afuera una oficina de correos con banderas azul celestes, tambores y kazoos. Un hombre se arrodillaba en la calle, enviando fuegos artificiales hacia el cielo de día. Los fuegos artificiales hacían ecos como bomba entre los edificios, y los carteros disfrutaban el ruido y el ritmo de sus tambores. La democracia aquí es más volátil, pero ciudadanía siente más personal también.

6 de octubre

Rosario es la ciudad tercera más grande de Argentina, 300 kilómetros a distancia de Buenos Aires, y es como una versión más pequeña y comprensible de la capital. Pasé unos días allí el fin de semana pasado y la me encantaba. La importancia de ciudades grandes puede las hacer rígidas y cohibidas, siempre pensando sobre su puesto en el mundo. Rosario es contento ser una ciudad regional, relajada y linda, al lado del Río Paraná. Una de la cualidades mejores de Rosario es su acceso al río; Buenos Aires da la espalda al Río de la Plata, y se puede visitarlo solo con esfuerzo, pero en Rosario los parques corren a lo largo del río, y esa amplitud pertenece a todo el mundo. El sábado por la tarde tomé un crucero por el río; parecía la ciudad entera había cruzado el río en kayaks y botes. La gente disfrutaba el día soleado en la orilla opuesta, una plataforma de barro cubierta en arbustos densos y bajos, con la cabaña ocasional, se derrumbando en sus pilotes. Las familias hacían picnics en sillas plegables mientras los niños subían los árboles; parejas se tumbaban en sus botes, tomando el sol. Todo el mundo saludaba al barco turístico mientras le pasábamos. Hubo algunas playas privadas para los miembros de clubs, pero la mayoría de la orilla no tenía dueños, y me encantaba la manera casual en que la gente habitaba el río, la manera en que ellos obviamente se sentían que el río era suyo. Eran como australianos en las orillas del Río Murray, se despatarrado, conectado con su paisaje.

* * * * *

La marcha del orgullo LGBTI en Rosario fue más como el Mardi Gras en 1978 que el evento para a los espectadores la marcha en Sídney se ha convertido hoy en día. La gente en la calle estaba allí para participar, no para mirar; la mayoría era joven, con una actitud de resistencia andrajosa; en lugar de carrozas elaboradas había carteles, tambores y cientos de los personas marchando. Una carroza, un camión con mucha gente en disfraces brillantes bailando en la parte trasera, era un abanderado para la gente más detrás, lanzando humo de arco iris y purpurina de plata en el aire. El ritmo de los tambores era muy ruidoso en las calles estrechas, y los residentes estaban de pie en sus portales y balcones, algunos llevando verde para mostrar su apoyo para aborto legal, y otros, a menudo mayores, mirando con expresiones inmóviles. Mientras nos acercábamos la iglesia principal de la ciudad, la multitud empezó a corear, «¡Iglesia! ¡Basura! ¡Por sola literatura!» y me sentía un excitación a esa oposición abierta y brutal. Giramos a la derecha, y la marcha terminó al pie del Monumento a la Bandera, un obelisco enorme celebrando la bandera argentina. Intenté concebir un equivalente australiano – como podría ser si el Mardi Gras no terminara en calle Flinders, pero en un monumento con importancia nacional, insistiendo que la bandera arco iris pertenece con la bandera del país – y no podía. Ser gay es aún estar afuera de sociedad, y era un privilegio y un desafío estar con mi tribu de ajenos.

12 de octubre

Dos veces en este viaje he tenido causa por sentirme muy agradecido por la ayuda de desconocidos. La primera vez hice un error estúpido; fui a un restaurante sin suficiente dinero, suponiendo que podría pagar con mi tarjeta de crédito. Pero el restaurante no la aceptó; yo estaba en los suburbios de Bariloche, lejos de un cajero, y no sabía como pagar. Un hombre, escuchando mi conversación con la camarera, ofreció pagar mi cuenta. No era un monto enorme – sólo 400 pesos – pero su ayuda me rescató de una situación incómoda. Conocí a la segunda desconocida amable la semana pasada. Yo tenía una gripe muy mala; la enfermedad no seguía una ruta yo reconocía, y cuando no mejoraba, decidí visitar un médico. La experiencia era un tributo del sistema de salud argentino: mi visita costó 1200 pesos, incluyendo mi medicina, y yo esperaba sólo una hora, aunque el hospital estaba muy concurrido. Había pedido un médico quien hablaba inglés; me sentía solitario y débil, e inglés era como una mantita. Pero la médica no me permitió mi objeto de seguridad; ella insistió en español, y su manera abrupta me hizo sentir aún más aislado. Después lloré en un banco enfrente del hospital; me sentía inseguro y muy lejos de hogar. Sentí una mano en mis hombros y en mi pelo; otra mujer, maternal, de mediana edad, se sentó al lado de yo y me preguntó si estuve bien. Ella era médica también, y me preguntó mis síntomas y que la primera médica había dicho, con una mano en mi brazo para darme fuerza. Su interés y bondad ayudaban a estabilizarme; ella me dio su número y me dijo llamar si tuviera algunos problemas. Ojalá australianos son tan generosos y amables cuando encuentran extranjeros quienes están confundidos o aislados, pero lo dudo; me sentía culpable, como el beneficiario de un regalo que yo no merecía.

23 de octubre

Salta es más conservador que Buenos Aires, y más católico; muchas tiendas y hasta los autobuses tienen imágenes de la Virgen y carteles contra el aborto en sus ventanas, y los grafitis son mensajes como «LEE LA BIBLIA» o «JESÚS ES AMOR». El martes tomé un tur por la Iglesia San Francisco y su convento, y entendía mejor tan central la iglesia era en la vida colonial. Para una iglesia franciscano, no es simple; la fachada roja y amarilla está cubierta con detalles elaborados, y la Virgen adentro está montada, como la estrella en un baile de Busby Berkeley, alto en un altar espectacular. El convento es más sobrio, y los monjes y monjas era médicos, enfermeros, maestros y editores; se hacían ellos mismos indispensables, como padres, en quienes nosotros dependemos tanto si son buenas personas o monstruos. Pero otras tradiciones persisten en esta zona también. Hay un santo popular se llama Gauchito Gil quien no está reconocido por la iglesia. Él era un hombre quien se volvió un bandido cuando rechazó participar en la guerra contra Paraguay; él robaba a los ricos y compartía su botín con los pobres, como un bushranger australiano con un conciencia social. Hoy la gente pide favores a él, como una virgen o un santo; el precio de una solicitud es construyendo un santuario para a él, y a lado de las carreteras hay muchos Gauchitos en sus casas pequeñas, con banderas rojizas. Las otras cosas muy cotidianos aquí son las apachetas, ofrendas a la diosa inca Pachamama. Son montones de piedras al lado de la carretera; los viajeros añaden más piedras cuando pasan, para agradecer a Pachamama por sus viajes seguros, y pedir su protección. En los montones se puede ver todos los viajeros quienes han ido antes por las rutas antiguas.

25 de octubre

Las quebradas son valles cortaban por agua en las montañas alrededor Salta y Jujuy, corredores de vida en un ambiente alto y seco. Las montañas – con sus colores diferentes dependiendo de los minerales los contienen – sobrepasan a los ríos en ambos lados con bosques sobrios de cardones o matorrales o ninguna vegetación. A lo largo los ríos hay campos, árboles, vida. La combinación de un mundo desolado de minerales y una tira estrecha de fertilidad es muy impresionante. La Quebrada de Humahuaca, entre Jujuy y la frontera con Bolivia, ha sido una ruta al norte de Argentina por siglos y para muchas culturas diferentes: el pueblo originario, los incas y los españoles. En Tilcara, uno de los pueblos a lo largo de la quebrada, hay las ruinas de un pueblo indígena. Era un tipo de asentamiento se llamaba pucará, o fortaleza; la gente lo construía encima un cerro, de donde ellos podían ver la llegada de algunos desconocidos. Era un pueblo de dos miles personas; los arqueólogos contemporáneos han reconstruido algunos de los edificios, con sus paredes de piedra seca y sus techos de cardón y barro; el resto es un laberinto de piedra caída y cardón, las formas de los edificios todavía visibles en el suelo. Cuando los incas les conquistaron, ellos vivían con sus nuevos súbditos en la pucará, pero los españoles obligaron al pueblo originario trasladarse más cerca del río, para adoctrinar a ellos mejor en cristianismo y enviarles más fácilmente como esclavos a los minas en Bolivia. Hay más que un tipo de colonialismo; la colaboración de los incas con sus súbditos era diferente de la violencia y intransigencia – la destrucción de otros modos de vida – de los españoles.

26 de octubre

Parte del asombro de los paisajes alrededor de Salta es su variedad. El miércoles, subí los cerros verdes de San Lorenzo, hacia una yunga donde la humedad barbaba los árboles con musgo y flecos largos de hojas como banderines. El viernes, después explorando la quebrada, subí una montaña 4200m de altura, y bajé hacia un llano inmenso y seco se llama la puna. Allí, 3000m de altura, el sol es severo por el día y, por la noche, la temperatura alcance los 15 grados bajo cero. Porque está entre dos cordilleras, la puna rara vez recibe lluvia, y el paisaje enorme y vacío siente muy desolado. Visité las Salinas Grandes, un lago antiguo que ha secado en sal en el sol de las montañas. Aún hay agua bajo la superficie, y hombres en topadoras trabajan en la sal, cortando zanjas largas para revelarlo. Los estanques nuevos eran azules pálidos, como hielo; cuando el agua evapora, los hombres pueden cosechar la sal pura. Parecía increíble que alguien podía vivir en eso ambiente hostil, pero la gente indígena vivía en la puna y trocaba la sal con los granjeros de las quebradas. Ellos transportaban sus mercancías en sus llamas, los animales indispensables del norte, y aún hay rebaños de llamas y sus primos salvajes, las vicuñas, en otras partes de la puna. La llamas tenían telas brillantes atado a su lana así que sus dueños pueden identificarlas. Pero parecían los únicos habitantes actuales; de otro modo había solamente las ruinas de asentamientos abandonados, sus paredes de adobe lentamente se derrumbando al lado de las salinas. La gente se ha retirado hacia San Antonio de Cobres, un pueblo lóbrego de minería y puesto de avanzada, con cerros baldíos y un arroyito sucio y extraviado. Era un alivio empezar mi descenso por otra quebrada, hacia Salta; de repente, en un altura más baja, los cerros eran verde otra vez, y los árboles de ceibo, con sus flores rojas como ajís, crecían al lado del río.