1 de febrero

El jueves, visitamos el centro turístico de Merimbula y conocimos una mujer canadiense, con un casco sólido de pelo como un tejado de paja sobre una casa antigua inglésa. Se llamaba Joan. Joan se nos acercó y nos dio muchos mapas y folletos de la pared; ella tenía muchas sugerencias y consejos, sobre paseos, restaurantes, parques nacionales y parques de diversiones. No todas sus sugerencias fueron útiles, pero ella fue muy amable y nos hizo sentir bienvenidos. Todos los pueblos necesitan una Joan.

4 de febrero

En algunas maneras, la mayoría de los pueblos australianos son similares: las mismas tiendas y piscinas, la misma gente blanca con su cultura de cerveza y fútbol y la CWA. Pero todos los pueblos tienen sus propias personalidades también, y es misterioso como estas personalidades cambian de pueblo en pueblo, y como un pueblo tiene éxito mientras otro se frustra. Hemos conducido a Eden, un pueblo solo a mediahora al sur de Merimbula. Es un pueblo de pescadores; en la época de los balleneros, los barcos pequeños cazaban ballenas con la ayuda de las orcas. En el promontorio hay un monumento para los hombres perdidos en alta mar. La región se llama la Costa del Zafiro, y el agua azul del Pacífico rompe en los acantilados con una violencia limpia. Sin embargo, el pueblo era muy triste, sin centro: muchas tiendas estaban vacías, el pub hermoso y antiguo estaba sellado, la gente apática, sin destino. El contraste con Merimbula – vivo, concurrido, a mediahora lejos – fue enorme.

5 de febrero

Ayer por la tarde, caminamos a traves de una ciénaga recuperada en Pambula; antes había sido el hipódromo del pueblo, pero ahora le ha sido devuelta a los pájaros y los canguros. Un camino sigue el hipódromo y serpentea al lado del río. Encontramos muchos canguros: uno saltó en el camino delante de nosotros. Suspendimos por un momento largo. Había algo formal en ese encuentro: el canguro se había quedado de pie, su postura erguida, dandonos su completa atención. Después se juntó con su mob en la ciénaga.

6 de febrero

Esta mañana, Ben y yo hemos caminado por la rambla en el manglar de Merimbula. Somos como jubilados: disfrutamos de las tiendas de muebles usados, museos de historia local y paseos llanos y suaves. Esta mañana hemos estado con nuestra gente; como en Blackheath, todos los viejos nos han saludado. He disfrutado esto tanto, he dicho “¡Buenos días!” a la misma gente en ambas direcciones. Los pelícanos se han sentado al lado de los pescadores en el banco de arena, vecinos en la misma empresa.

8 de febrero

Hemos conducido por siete horas, de Merimbula a Beechworth, a través de las Montañas Nevadas. Fue el diá en que vinimos a Victoria, y en este largo viaje pude sentir que nuestra vida antigua en Nueva Gales del Sur había quedado atrás. Delante de las montañas, el paisaje tenía cerros verdes, con la lozanía mágica de la Costa del Este, las montañas una pared súbita de árboles. Del otro lado, no había nada de humedad: el campo era un resplandor de oro, la hierba cegadora en el sol. Me sentí ambivalente sobre este nuevo lugar seco, su blandura endurecida, hasta la tierra parecía tan delgada como la luz.

9 de febrero

Mi primera clase con Jimena fue muy interesante. Este año he leido y he escrito mucho en español, y siento un poder crecimiento para entenderlo y emplearlo. Pero no he hablado mucho, y delante de las palabras seguras de mi profesora, me sentí herrumbrado y lento. En esta situación, no se puede consultar un diccionario; no se puede escribir oraciones prudentes. La lengua es más como un animal o una canción, una cosa viva con su propio rítmo. Se tiene que lidiar con esta presencia.

10 de febrero

Beechworth es un pueblo muy raro: existe principalmente por los turistas, pero no tiene un espíritu de bienvenida. Ben y yo hemos viajado a muchos pueblos australianos y nunca hemos tenido ningunos problemas por nuestra sexualidad. El jueves, nuestra primera noche aquí, un hombre fuera de una taberna nos llamó maricas, y en la calle recibimos miradas sucias de la gente. Los edificios históricos contienen tiendas de regalos; el pueblo es una gran tienda de regalos, un lugar artificial. El sábado condujimos a Myrtleford, un pueblo de clase trabajadora, con una gran población italiana. Allí la gente sonréieron a nosotros, y hablaron en una manera amable, y me sentí agradecido por este simple reconocimiento humano. Compré un racimo de albahaca a una mujer vieja italiana, y nuestro coche era lleno de su olor verde. Myrtleford no es un museo como Beechworth: es un lugar vivo y cotidiano. No quiero vivir en una tienda de regalos, especialmente una homofóbica.

15 de febrero

Después una semana en Beechworth, creo es un lugar mal, separado del pueblo y su inhabitantes: hay algo maligno en el paisaje, una atmosfera no bueno. Gente hubieran evitado este lugar si oro no era descubrado aquí, hubieran evitadolo instintivamente. Los perros se sientenlo; no pueden descansar y ladran y se pasean inquietamente en los patios. El bosque afuera el pueblo se parece un vertedero, los pinos herrumbrados y los cantos rodados granitos la basura de la busquéda de los mineros para oro. El paisaje tiene belleza, pero es una belleza ominosa. Las casas se agachan bajo en la tierra, como si en emboscada.

19 de febrero

La vida gitana tiene algunas desventajas: Ben y yo pensamos constantemente sobre el lugar donde estamos, si lo nos gusta suficiente para hacemos un hogar aquí, y sobre nuestra próxima parada. No podemos dar los detalles por sentado; no tenemos una rutina sin sentido. Nuestra vida está variada y viva, pero agotadora también. La exige nuestra atención completa, como un niño con un dibujo nuevo. Yo leyo solo guías de lugares varios, folletos sobre paseos, parques, edificios antiguos, y las historias insignificantes de todo pueblito australiano. No tengo sitio en mi cabeza para otras cosas: solo el viaje, y nuestro busco para un hogar. Mientras tanto nuestras corazones van a la deriva atrás a los cerros verdes y la agua zafiro de Merimbula, un lugar hemos pensado ser solo un destino de vacaciones. Está un momento muy inquieto; estando despierto constantemente no es facíl.

22 de febrero

Conducimos para algunos pueblos cerca de Maldon – Maryborough, Talbot, Clunes, Creswick, Trentham y Kyneton – y nuestras posibilidades estrecharon en una manera útil. No me encanta Maldon, pero me gusta lo, y puedo imaginar una vida aquí. En cuanto a los otros pueblos: Maryborough es tosco y triste, la gente vieja viajando en sus escúteres despacios; Talbot es encantador pero pequeño, sus calles sin actividad; Clunes es una versión inferior de Maldon, otro pueblo del fiebre del oro; Creswick es un sencillo pueblo maderado; Trentham es como Bowral, caro, con muchas señoras estiradas; y Kyneton es como Melbourne, todos trabajadores pendulares y tiendas ostentosas. Maldon es único: la amibildad de su gente, sus edificios antiguos pero no preciosos o afectados, la manera la gente se congrega en las tiendas y las calles por conversación. Pero no es hermosa: el bosque apenas sobrevive en la tierra pobre aquí, todos eucalíptos delgados y agostados sin matorral. La tierra no tiene riqueza o generosidad.

23 de febrero

Mi relación con inglés está cambiando: recientemente he intentado escribir poémas y historias en inglés y no he podido. Las palabras son muertos en la página: son dificultosas, demasiadas conocidas, como un ego antiguo o un foto de un corte de pelo vergonzo. Escribo solo una página y las palabras se extinguien: voy a la deriva a las temas familiares, a tristeza y a derrota. La arquitectura de la ficción – los personajes, el argumento, la voz – me aburre la, me parece artificial. En castellano las palabras retienen su poder, su frescura. Me encanta la economía de la lengua, su línea recta, y los momentos cuando descubro una frase perfecta, como “el fiebre del oro”, que captura la locura de esa época, o una palabra mágica como “serpentear”, para una calle no recta. Puedo escribir en una manera más simple, más concreto; puedo desbrozar a cuchilladas mis hábitos, mi historia triste, y empezar de nuevo, describir mi propia experencia, no estar vergonzo a ser básico o directo.

25 de febrero

Ben me dejó en Muckleford, a medio camino entre Castlemaine y Maldon, y paseé los kilometros para Maldon, al lado del ferrocarril antiguo. Me gustaría entender esto paisaje mejor: mi primera reacción era demasiada como la reacción de los primeros europeos, hostilidad irreflexiva delante de algo desconocido, algo ellos agarraron de todas formas. Buscé para la belleza en esto paisaje; intenté no lo comparar con los lugares conocidos para mí. Una vez interrumpí una junta de urracas; de otra manera notaba la falta de pájaros. Era silencioso salvo el viento; sopló hojas y trozos de corteza en mi camino, como si intentara compensar por la quietud, la ausencia de vida. Mi sola compañia era la vaca occasional, y un padre y su hijo gordo, subiendo un cerro con bicicletas eléctricas. Grumos de pizarra y cuarzo eran esparcidos sobre la tierra, en lugar de matorral, con sus venas naranjas y marrónes. Los eucaliptos jovénes tenían una frescura verde; no ya eran torcidos como sus ancianos. Descubrí detalles interesantes cuando miré con cuidado.