1 de enero

Un año nuevo, y una lengua diferente. Espero conseguir una expresión fresca, más simple: en inglés soy quisquilloso, demasiado cuidadoso. Me gustaría ser más libre, sentirme más cómodo con los errores. El año pasado fue una época de recuperación, de curación; ahora estoy más fuerte, y listo para experiencias variadas, para diversión y vida. No sé exactamente que esperar: que palabras, que lugares o egos. Pero le doy la bienvenida a esta duda: es un vacío creativo. El viaje me ilusiona mucho.

2 de enero

Anoche Ben y yo paseamos por el bosque hacia Govetts Leap bajo la luna llena. El bosque es diferente en el crepúsculo, es más antiguo: la sangre seca de los geebungs, las estrellitas de los árboles de té, las líneas varias de los eucaliptos, brazos blancos, baterías de luz. Las aves y los insectos se acostaron al unisono: no corriá viento, y la noche estaba silenciosa e inmovíl. En el valle Grose la niebla estaba llena de la luz de la luna, y Ben y yo fuimos las únicas personas.

4 de enero

Ayer paseé por las calles estrechas de Enmore y Newtown, barrios tan familiares como mi propio cuerpo. Todo es igual: mugre en cada esquina, capa negra que hace todo más oscuro, esboza las formas como la tinta en un libro para colorear. Conozco íntimamente los frangipanis en los patios pequeños, los árboles paperbark, los limpiabotellas llenos de loris de arco iris. La privacidad no es posible: me encantan los vislumbres de otra gente, sus muebles, la mujer con un libro en su balcón.

16 de enero

El sábado pasado, fuimos con Bill y Taryn a Dryridge, una viña en el valle Megalong. La calle en el valle es muy tortuosa: serpentea por el bosque seco de eucalipto hacia la selva llena de helechos y sombras. No llueve mucho en el valle: es abierto y seco, con hierba larga y amarilla, y cobertizos viejos, rojos con herrumbre. La viña está en un cerro con una gran vista del bosque y los acantilados de piedra arenisca. Los perros de la dueña curioseaban debajo de las mesas mientras probábamos el vino.

21 de enero

Esta mañana, Ben y yo hemos caminado a Govetts Leap, muy temprano, antes del completo calor del día. En el camino hemos encontrado un hombre parecido a un personaje de un libro de Mark Twain. Ha tropezado por el camino, con un bastón roto en dos y reparado con cinta adhesiva. Llevaba una chaqueta de piel negra, gastada en los hombros, y tocaba una armónica. Olía fuertemente a alcohol. Nos ha preguntado cuán lejos está Govetts Leap – ha sido demasiado lejos para él, y ha vuelto al pueblo.

23 de enero

En nuestra última noche en Blackheath, con el garaje completamente vacío, descubrí dos huellas de manos en el hormigón del suelo. Nunca las había notado antes; pensé cuán poco conocí eso lugar, aunque vivimos allí muchos años. Una de las huellas estaba debajo de la pared, como si la huella de mano sostuviera la estructura entera en su palma, o el albañil la enterrera a propósito. Vacié una botella de colonia en el fregadero de la cocina, y mi última impresión de la casa fue ese olor pesado.

24 de enero

Ben y yo vinimos a Mollymook con nuestros perritas y un coche completamente lleno. Bil no viaja bien en el coche, y vomitó en las últimas curvas de la carretera. Estuvieron muy calladas por los grandes cambios, y mientras Ben y yo caminamos hacia la playa durmieron en nuestra casa de vacaciónes. Cenamos pescado y papas fritas al lado del mar: todavía no podíamos creer que ya no íbamos a volver a las montañas, que ahora vivíamos a la deriva.

28 de enero

Leí un libro de Philip Pullman, El espantapájaros y su servidor. Es menos ambicioso que la trilogía famosa de Pullman: es solo una serie de aventuras fortuitas. El espantapájaros es un personaje como Don Quijote: tiene ideas románticas sobre el honor, su personalidad y su destino. Él no me gustó mucho: mi personaje favorito fue una cuerva muy vieja, impaciente y enojada. La cuerva resuelve la mayoría de los problemas del argumento: la historia es más dinámica cuando ella aparece. El libro me pareció un poco aburrido.

31 de enero

Los edificios en Mollymook son menos feos que otros lugares en la costa del sur; sin embargo lamento la presencia de la gente blanca aquí. Estoy sentado al lado del manglar de Narrawallee: la marea está baja, y un llano de arena se extiende hasta el mar, con árboles bajos y redondos, como nubes verdes. Los cerros sobre el mar son cabezas afeitadas, espacios feos en el bosque, las casas las costras de esta violencia. La mayoría de los jardínes no tienen árboles: son extensiones esteriles de césped, como si sus dueños estuvieran recelosos de la capacidad de la tierra para crecer. Es un lugar sin sombras, con un sol ininterrumpido. Todos los habitantes son codiciosos por las vistas del mar, un paisaje que no pueden cortar o reducir. Los eucaliptos aquí tienen una belleza especial, con sus troncos y ramas alérgicos a las líneas rectas; son todos curvas espontáneas. Antiguamente los eucaliptos cubrían este lugar. Pensé sobre esto cuando vi las banderas en las toallas de playa y en las antenas de los camiones, en el día de Australia. Nuestra mayor contribución a ese paisaje es la fealdad.